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| Volver a educar: La enseñanza divertida |
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Entre la gran variedad de transformaciones que se han producido en la escuela en las últimas décadas, probablemente una de las más generalizadas y que más hondo han calado, sea la de que la educación y el aprendizaje, deben ser "divertidos". Como la expresión de un deseo, no cabe duda de que no es objetable. Si algo puede hacerse sin sufrimiento, resulta obvio que es mejor. Probablemente en parte, la necesidad de abandonar viejas prácticas educativas que, puntero en mano y castigos físicos variados, postulaban que la letra con sangre entra, da algún sentido a la idea de que no haya que sufrir para aprender.
Pero una cosa es eliminar lo que hoy podemos ver como excesos de una relación maestro-alumno rigurosa y hasta cierto punto poco preocupada por el niño, y otra por completo distinta es ignorar cuestiones que están en la esencia de la educación y del proceso de aprendizaje.
Aun puede admitirse que para la enseñanza teórica de transmisión de ciertos saberes, puedan elaborarse algunos métodos que hagan más sencillo el aprendizaje y menos áspero el contacto del niño con su materia, aunque debería analizarse seriamente hasta qué punto esta mayor diversión y placer no ha terminado en menor conocimiento.
Pero para incorporar la diversión como elemento central, que hace que prácticamente hoy el único juicio que se escucha acerca de los maestros y sus clases sea lo divertidos o aburridos que son, debió olvidarse por completo que la educación no es sólo transmisión de algunos saberes, sino fundamentalmente formación de un carácter, de un conjunto de disposiciones de las que se deberá valer en la vida el niño que se está formando.
Aquí abiertamente lo divertido y placentero, entendido a la manera del juego, entran en abierta colisión con lo serio del proceso educativo. Un proceso de formación del carácter es, por definición, un proceso arduo, trabajoso, que incluye el sacrificio y la disciplina como algo esencial y no como una imposición del sadismo de los antiguos maestros.
No se trata de que las tablas se aprendan mejor si se sufre, sino de un problema independiente del aprendizaje: el que se relaciona con cómo se van creando las capacidades para aprender, de cómo se templa un carácter para afrontar dificultades y superarlas, de cómo se disciplinan los impulsos para orientarlos hacia metas, de cómo se van interiorizado los deberes de solidaridad y cooperación con los demás abandonando el instinto de que la felicidad reside en el placer inmediato y personal, etc.
Y salvo que se crea que todo esto no forma parte del proceso educativo de un chico, resulta obvio el porqué de que las ideas de diversión y placer como centrales, apuntan en la dirección exactamente contraria: lo que se elimina no es un método sino algo que en sí mismo es educativo.
Los fracasos en la vida de los jóvenes, ya sea en los intentos de ingresar a la universidad, de terminar una carrera o de insertarse en forma eficaz en el mundo laboral, están directamente relacionado con esto. La inseguridad, la falta de madurez del carácter, la escasa confianza en sí mismos, la dificultad para afrontar y superar fracasos circunstanciales, defectos que se han extendido como reguero de pólvora en las últimas generaciones, están directamente relacionadas con el abandono total de la idea de que la educación es también sacrificio, disciplina, esfuerzo de autosuperación, competencia, triunfo y derrota, ruptura y crecimiento, ausencias que se sintetizan en el concepto de educación divertida.
Quizás una mejor manera de decir esto sea que el placer necesario de todo proceso educativo, como en todo parto, no puede buscarse en el pasar bien el momento, sino en el resultado, en ver nacer algo valioso del esfuerzo y del sacrificio. |
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