El fracaso de la dirigencia
La responsabilidad por el crecimiento y progreso de una comunidad cualquiera, sea un país, una provincia o una ciudad, es, por lo menos en las democracias, de todos sus integrantes. No puede esperarse de una comunidad en la que a nadie le importan la educación, la belleza o la limpieza, el milagro de que su ciudad sea educada, linda y limpia.
Pero todo grupo humano tiene sus líderes, individuos o grupos que por distintas razones marcan caminos, muestran rumbos, organizan esfuerzos en unas u otras direcciones, que le dan forma y orientación a los sentimientos más bien difusos y contradictorios de un pueblo. La responsabilidad de estos sectores, en consecuencia, es mayor que la del común. Tienen más recursos económicos y, por lo tanto, mayores posibilidades de aportar; tienen más educación y, por lo mismo, mayor capacidad de comprender; son naturalmente escuchados y seguidos por otro y, por eso, tienen más poder. Constituyen en conjunto lo que se llama una clase dirigente, económica, intelectual, política, gremial, etc., y es a aquéllas a las que se debe juzgar primero a la hora de entender los éxitos o fracasos de una comunidad.
Y no caben dudas de que la clase dirigente ha fracasado en nuestra ciudad, de que ha sido incapaz de conducir a Roca hacia un destino mejor que el que nos toca padecer. De la oligarquía política no vale la pena hablar demasiado. Todos sabemos que ha privilegiado sus intereses y sus aspiraciones de poder personales o grupales sobre los intereses genuinos de la comunidad. Pero no han sido los únicos: el resto de la élite dirigencial ha sido cómplice de este comportamiento de los políticos profesionales o se ha desentendido de sus responsabilidades abandonando el terreno a los peores. Por incapacidad o desinterés, tanto da, la antigua y pretenciosa élite dirigencial de Roca, que prometió no sólo poner nuestra ciudad entre las primeras de la Patagonia, sino que también pretendió convertirse en la élite dirigente de la provincia, fracasó rotundamente. Dejó su lugar, displicentemente, a un grupo de incapaces y mezquinos, para dedicarse a su vida privada y a disfrutar de posiciones económicas o de reconocimiento social, olvidando a su ciudad.
Así, la élite local se dividió entre los que aprovecharon su posición para su beneficio sectorial o individual, y los que renunciaron a sus deberes, sea porque Roca les resultaba chica para sus grandes pretensiones o porque eran incapaces de tomarse el trabajo que su responsabilidad demandaba. Pero, en todo caso, se confluyó en un único resultado: Roca se quedó sin gente que se preocupara genuinamente por ella y que le devolviera a la comunidad lo que toda posición de privilegio exige. Los intelectuales, pensando en los grandes problemas del universo; los ricos, gastando su dinero afuera; los políticos, persiguiendo el poder obsesivamente; los empresarios, tratando de sacar alguna tajada adicional de sus relaciones con el poder; los dirigentes intermedios, tratando de entrar en la mesa del reparto... pero todos, cada uno a su manera, contribuyendo a la decadencia y al empobrecimiento colectivo.
Si Roca quiere salir de su decadencia, no tiene otra alternativa que producir un reemplazo completo y radical de toda su dirigencia, reemplazo que debe ser tanto de hombres como fundamentalmente de los criterios con los que han actuado durante estas últimas décadas. Nuestra ciudad necesita de los hombres y mujeres capaces de comprender que su posición de privilegio, de la naturaleza que sea, genera obligaciones y compromisos adicionales con la comunidad que no pueden seguir eludiéndose.